El dios del fútbol y la Argentina de los milagros
Análisis por Esteban Campanela, CNN en Español
Es difícil pensar en un equipo que haya logrado tantas remontadas en un torneo tan importante en instancias tan decisivas. Tal vez el Real Madrid en alguna Champions League, pero no a este nivel. Lo que está haciendo Argentina en el Mundial de Norteamérica 2026 no tiene precedentes. Sufrió con el novato Cabo Verde y necesitó del alargue para clasificar a octavos de final. Perdía por dos goles y se estaba quedando afuera con Egipto, pero lo dio vuelta en 15 minutos. Padeció ante Suiza y lo definió en el alargue. Y llegó el rival acérrimo: Inglaterra.
Las semifinales eran el marco para el clásico intercontinental más importante del planeta. La rivalidad entre los argentinos y los ingleses lleva décadas. Desde el Mundial de Inglaterra 1966, ese que ganaron los inventores del fútbol.
El capítulo más famoso, sin embargo, llegó en los cuartos de final de México 1986, ese que ganaron los sudamericanos. No por nada este partido es uno de los más famosos de la historia del deporte más popular del planeta, y el culpable de catapultar la fama de Diego Armando Maradona a niveles inéditos. Marcó a ambos países.
El contexto sociopolítico fue un condimento casi tan determinante como la “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”. Ambos países se habían enfrentado en la Guerra de Malvinas en 1982 y, a pesar de ser imposible comparar un conflicto bélico con un juego, los sudamericanos tomaban el encuentro como la única revancha posible. Y el triunfo fue épico. Con trampa y con el mejor gol de la historia de la Copa del Mundo.
Otra alegría llegó para Argentina en Francia 1998. Fue el partido que convirtió a David Beckham en un villano en su tierra natal a raíz de una expulsión tonta. Lo pudo revertir en Corea-Japón 2002, con un golpe que terminó siendo letal para los sueños de la Albiceleste.
Hubo que esperar casi un cuarto de siglo para otro clásico. Este era el partido que podía ser el sueño más bello o la pesadilla más aterradora. Y otra vez, como contra Egipto, Argentina empezó perdiendo apenas iniciado el segundo tiempo.
Faltaba un montón para el final, pero corrían los minutos y la figura de Pickford se agigantaba con atajadas heroicas. La pelota dio en el poste dos veces. Parecía que se había acabado la suerte. Hay una ley no escrita en el fútbol que dice que las pelotas que no entran en un arco entran en el otro. Messi apilaba uno, dos, tres jugadores, pero no lograba generar peligro. Todo indicaba que hasta ahí llegaba su reinado. Que era la hora de otros.
Tal vez era la hora de Inglaterra tras 60 años. Lo merecían los inventores del fútbol también. Ambos equipos llegaban tras haber transitado un camino de dificultades con mucha personalidad, de más temperamento que fútbol. La derrota inminente empezaba a alimentar los titulares que habían instalado que el equipo de Messi no había jugado contra ningún rival serio, y que sólo había llegado a semifinales por la supuesta ayuda de los arbitrajes. Pero el destino tenía otros planes.
Scaloni lo resumió en la conferencia de prensa posterior al partido: “Este equipo cuando mejor juega es cuando está en dificultad. Cuando el rival duda un poquito, vemos sangre y vamos hasta donde sea”. Esta selección a veces se parece más a la de México 1986 que a la de Qatar 2022. Un conjunto aguerrido, con personalidad y que juega para su número diez. Que se hace fuerte en la adversidad y se alimenta del rencor ajeno.
Y tras el golpe del tanto de Gordon, en lugar de desanimarse, redobló la apuesta. Mostró la rebeldía que no supo mostrar la Francia candidata de todos ante España. Presionó cada pelota. Empujó y mostró su mejor juego. Y sacó a relucir otra de sus virtudes: si Messi no puede, hay otros jugadores que saben calzarse el traje de héroe. Porque, a veces, la mejor manera de aprovechar al 10 es usarlo para que junte marcas y los demás tengan espacio. Así llegó el gol de Enzo Fernández, que recibió solo en la puerta del área y cruzó un remate que será repetido hasta el infinito en las décadas que vienen.
Y Argentina olió sangre. Se transformó en ese animal salvaje que tiene un apetito voraz. Siguió presionando hasta asfixiar. Messi encontró un mínimo espacio entre todas las piernas que lo rodeaban y envió un inmejorable centro para que Lautaro Martínez convierta el gol de su vida.
Explotó el estadio y el grito se escuchó en todos los rincones de Argentina. Era casi imposible creer semejante hazaña. Otra más de este equipo inolvidable. Apenas terminó el encuentro, comenzó el ritual. Millones de argentinos salieron corriendo a las calles buscando un abrazo, un canto compartido, un desahogo y la confirmación de una esperanza invencible. El fútbol en Argentina no es sólo fútbol. Y este partido no era sólo un partido.
Lionel Messi declaró a TyC Sports: “No era una victoria más (…). Es una locura lo que estamos viviendo. Nos terminamos metiendo en una nueva final (sonríe)”.
Ahora llega un rival íntimo para él: España. Allí vivió la mayor parte de su vida, es donde se criaron sus hijos y donde está el club de sus amores. El mejor jugador de la historia va a jugar su tercera final del mundo. Perdió la primera. Ganó la segunda. El próximo domingo nos enteraremos si todavía le queda un milagro al dios del fútbol.
The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.