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El hijo de un ganador del Super Bowl consolida a Seattle como un bastión del fútbol estadounidense

Análisis de David Close, CNN

El Lumen Field, rebautizado como Seattle Stadium por la FIFA para el Mundial 2026, es ahora un terreno sagrado para la familia Freeman.

Alex Freeman atormentó a sus rivales en Seattle el viernes, 30 años después de que su famoso padre hiciera lo mismo. Freeman salió definitivamente de la sombra de su padre y se ganó un lugar en la historia del fútbol estadounidense al marcar un gol decisivo en el Mundial, asegurando la victoria por 2-0 sobre Australia y garantizando a Estados Unidos un puesto en los dieciseisavos de final.

El padre de Freeman, el receptor abierto Antonio Freeman —ganador del Super Bowl XXXI con los Green Bay Packers—, salió victorioso de Seattle en 1996 tras vencer 31-10 a los Seahawks; en aquel partido, logró siete recepciones y dos “touchdowns” en el antiguo Kingdome, estadio que se encontraba donde hoy se alza el Lumen Field.

Cuando se le preguntó al joven Freeman sobre la coincidencia de que padre e hijo anotaran prácticamente en el mismo lugar, el jugador de 21 años agradeció la oportunidad de brillar y reconoció la influencia de su padre.

“Es un momento familiar que cierra el círculo. Creo que, para mí, demuestra lo grandioso que es nuestro árbol genealógico”, dijo Freeman tras la victoria.

“Creo que eso demuestra que él puede ser grande, pero que yo también puedo serlo a mi manera. Es increíble tener un padre exitoso que puede guiarme para estar preparado para momentos como este”.

Su espectacular irrupción en el escenario más importante del mundo se ha visto impulsada, en parte, por contar con una gran figura paterna en Antonio.

“Como jugador de fútbol americano, creo que ellos poseen un gran espíritu competitivo, y eso se me ha contagiado mucho”, declaró un agradecido Freeman a CNN Sports antes de que comenzara el torneo.

“Para mí, fue fundamental contar con ese modelo a seguir; alguien a quien podía acudir para cualquier duda o motivación. Tener a esa persona como referente significó muchísimo”.

Mauricio Pochettino ha visto, sin duda, las cualidades que se han inculcado en Freeman. Tanto es así que el entrenador ha incluido al jugador más joven de la selección masculina de EE.UU. en el once inicial para los dos primeros partidos del Grupo D. El defensa —exjugador del Orlando City SC de la MLS y actual integrante de la línea defensiva del Villarreal en La Liga española— ha respondido a la confianza del técnico ayudando a neutralizar a Paraguay hace una semana y manteniendo la portería a cero contra Australia aquí en Seattle.

Su momento de gloria estuvo a punto de verse truncado tras un susto en el minuto 38, cuando él y el australiano Paul Okon-Engstler saltaron a disputar un balón dividido y chocaron violentamente las cabezas. Ambos jugadores quedaron tendidos sobre el césped; Freeman, concretamente, permaneció en el suelo durante un minuto y medio mientras los médicos evaluaban el alcance del golpe. Fue examinado para descartar una conmoción cerebral y se determinó que podía seguir jugando.

Dos minutos después, con EE.UU. ganando 1-0 a los “Socceroos”, Freeman fue el primero en reaccionar y conectar un cabezazo tras un disparo de su compañero Sergiño Dest que había sido rechazado. Pudo celebrar su gol, al menos, en dos ocasiones. La reacción inicial fue de pura euforia, compartida con su compañero defensa Chris Richards, mientras corría para festejar su tercer gol con la selección; sin embargo, pronto se dieron cuenta de que el juez de línea había levantado la bandera señalando fuera de juego.

El público presente —con un aforo anunciado de 66.925 espectadores— aguardó en vilo durante dos largos minutos mientras el VAR revisaba la jugada. Cuando el árbitro Felix Zwayer confirmó la validez del gol, Seattle —a excepción de los aficionados vestidos con la equipación amarilla de Australia— estalló en gritos de alegría.

“Se hizo muy largo. Estaba muy ansioso por saber si era gol o no”, comentó sonriendo al recordar aquel instante.

“Y luego, cuando se confirmó el gol, miré hacia atrás y vi a mis compañeros corriendo hacia mí. Pensé: ‘Madre mía’, y tuve que salir corriendo”.

“Al final corrí y lo celebré con ellos; creo que fue un momento que me emocionó muchísimo”.

El delantero estadounidense Folarin Balogun se mostró encantado por el jugador de Florida.

“Me alegro muchísimo por Freeman”, declaró a Fox Sports. “Es un chico muy humilde. Tiene los pies en la tierra. Que haya marcado su primer gol en un Mundial, ya sabes, en casa… estoy seguro de que es una noche especial para él”.

El viernes no hubo multitudes que llegaran tarde al estadio para el partido del mediodía, a pesar de la fiesta vivida en el centro de la ciudad la noche anterior. Los accesos estaban abarrotados desde temprano, mucho antes del pitido inicial, aun sabiendo los aficionados que el terreno de juego permanecería vacío durante horas hasta que el reloj de cuenta regresiva instalado por la FIFA marcara el inicio del encuentro.

La afición que acudió a animar al equipo de las barras y estrellas parecía totalmente preparada para asumir el papel de “jugador número 12”. El lesionado Christian Pulisic se unió a sus compañeros en el círculo central y fue testigo de una interpretación apasionada del himno nacional, “The Star-Spangled Banner”, entonada por el público justo antes de que cuatro helicópteros militares sobrevolaran el estadio.

“Es especial, muy especial”, comentó Balogun al ser consultado por el clamor colectivo de la afición.

“Es difícil expresarlo con palabras: el himno nacional y luego ver pasar los helicópteros por encima… Es algo sumamente especial. Nos aporta ese… no es que lo necesitemos, pero nos da ese último empujón de motivación antes de saltar al campo y dejarnos la piel”.

Lo que siguió fueron 90 minutos de pura emoción.

Los asientos de la grada inferior permanecieron desocupados; no porque no hubiera gente, sino porque nadie se sentaba en ellos: los aficionados permanecieron de pie durante todo el partido, listos para sumarse a la intensidad del encuentro.

Algunos seguidores llevaron tambores y los tocaron desde lo más alto de las gradas superiores, manteniendo un ritmo constante mientras el balón rodaba sobre el césped.

“Hoy, aunque no soy estadounidense, me sentí conmovido tras el partido”, confesó el argentino Pochettino, visiblemente emocionado.

“La cálida acogida, la forma en que nos apoyan y cómo celebran la victoria… hacen que todo resulte muy emotivo. Y los jugadores también se muestran muy emocionados”, afirmó.

“Creo que hubo una conexión increíble y perfecta entre la energía de la grada y el equipo”.

La capital de Ohio es considerada por muchos como el hogar espiritual no oficial de la selección masculina de Estados Unidos, gracias a su impresionante historial de 11 victorias, un empate y tres derrotas en Columbus. Tal es la fama del dominio estadounidense sobre México en Ohio que incluso cuenta con un lema propio — “Dos a cero”—, en referencia al marcador de las cuatro victorias consecutivas de EE.UU. sobre su gran rival en Columbus.

Sin embargo, nadie culparía a los habitantes de la “Ciudad Esmeralda” si respondieran con un desafiante: “Sostenme la cerveza”.

A la selección masculina estadounidense parece encantarle jugar en Seattle, y no hay nada que objetar al karma que rodea al equipo nacional en esta sede. Con la victoria del viernes, EE.UU. se mantiene invicto en los siete partidos disputados en este estadio al aire libre.

Hay algo en el aire del noroeste del Pacífico que ha dotado a este equipo de un aura especial. Un historial invicto y un equipo que cuenta con un apoyo incondicional no harán más que consolidar esta región de Estados Unidos como territorio futbolero.

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