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Ella quiere “autodeportarse”. Pero esta madre embarazada está atrapada en una rara trama de la política migratoria de Trump

Por Maeva Bambuck y fotografías por Madison Swart

Bajo el sol descolorido de lo que solía ser un hotel “Days Inn”, Franyelis camina con el peso de la incertidumbre y la esperanza. Con su hijo de tres años, Emmanuel, a quien llama Emma, corriendo a su alrededor y un embarazo de siete meses que ya se hace notar, esta madre venezolana representa el rostro humano de la crisis migratoria actual. “Es un varón”, confiesa con una sonrisa tímida mientras abandona el refugio temporal para recoger a su hijo mayor de la escuela, atrapada entre la alegría de su tercer hijo y la compleja realidad de la represión migratoria de Trump.

Emma no prestaba atención a los autos y las señales de no cruzar, ni siquiera al frío de aquella tarde ventosa. Tampoco parecía notar la ansiedad de su madre.

Franyelis, de 28 años, nunca pensó que volvería a quedarse embarazada cuando llegó a Estados Unidos.

Nada de esto se suponía que sucedería así.

El sueño americano le había pertenecido a su pareja, el padre de sus hijos. Fue él quien impulsó su mudanza hace dos años desde Venezuela, animado por un nuevo y más sencillo camino para solicitar asilo bajo la administración Biden.

“Vamos allá. Estaremos bien”, le dijo, repitiendo las esperanzas que su hermana y otros familiares en Estados Unidos le habían inculcado: “¡vengan! Aquí pueden tener un mejor futuro para los niños”.

Compañera solidaria y trabajadora, Franyelis aceptó. Pero desde entonces, el presidente Donald Trump cambió no solo las reglas migratorias de su nuevo país, sino también el panorama político de su tierra natal, atrapando a Franyelis en una extraña subtrama de la represión a la inmigración estadounidense.

A medida que se acercaba la fecha de parto, Franyelis seguía con el mismo pensamiento: “quiero irme”.

Sacudía la cabeza. Se le llenaban los ojos de lágrimas. “Necesito irme”.

Pero no estaba segura de que eso fuera posible. Al menos no a tiempo.

* * *

Nacida y criada en el estado Zulia, en la frontera de Venezuela con Colombia, Franyelis conoció a Yonquenide cuando tenía 17 años. Fue él quien, cuando sus dos primeros hijos tuvieron la edad suficiente, decidió que era momento de soñar en grande para su familia.

“Lo que yo no tuve quise dárselo a ellos, ¿me entiendes?” le dice a CNN. “Que pudieran hablar inglés, hacer una nueva vida. Soñé que iban a estudiar. En mi infancia, nunca… Lo que me dieron me lo dieron mis padres con mucho esfuerzo. Yo quería que fuera más fácil para mí con mis hijos”.

La pobreza extrema, la inflación fuera de control y el caos político también azotaban Venezuela, con casi ocho millones de residentes que huyeron entre 2014 y 2025, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Estados Unidos concedió el Estatus de Protección Temporal a los venezolanos para que pudieran vivir y trabajar legalmente en EE.UU. mientras su país de origen enfrentaba una inestabilidad “debido a las condiciones humanitarias, de seguridad, políticas y ambientales persistentes”.

Cuando el mayor de Franyelis y Yonquenide, Yoneifer, tenía siete años y Emma apenas dos, emprendieron lo que se convirtió en un viaje de tres meses hasta la frontera entre Estados Unidos y México. Como la mayoría de los venezolanos, no tenían pasaportes –que pueden ser extremadamente costosos de obtener o renovar– así que los adultos llevaron sus cédulas nacionales, junto con los certificados de nacimiento de los niños. Para costear el viaje, que rondó los US$ 20.000 –la mayor parte pagada a traficantes–, Yonquenide vendió una casa que tenía en Colombia, y luego trabajó en el camino, cuenta.

Llegaron en agosto de 2024, planeando hacer todo de la manera correcta, de forma legal. Con la ayuda de un primo, solicitaron la entrada a través de la aplicación CBP One, una herramienta de la era Biden que permitía a inmigrantes indocumentados programar citas para solicitar asilo en los puntos legales de ingreso. Afirmaron que habían sido extorsionados por narcotraficantes, recuerda Franyelis.

“Entramos por el puente, no cruzamos el río ni nada por el estilo”, dice ella, refiriéndose al río Grande por el que los migrantes suelen vadear o nadar —un intento que le costó la vida a uno de sus primos en 2023— para colarse en Estados Unidos.

Después de un mes en Texas, Franyelis y Yonquenide compraron pasajes de avión para ellos y sus hijos hacia la ciudad de Nueva York, donde la hermana de él los hospedó por unas semanas antes de su primera cita en la corte de inmigración ese noviembre, el mismo mes en que los votantes estadounidenses eligieron a Donald Trump para un segundo mandato. Ambos confirman que, durante la audiencia virtual ante el juez de inmigración Jonathan Reingold, declararon estar solicitando asilo.

La pareja alquiló un espacio en una casa compartida y, cuando llegaron sus permisos de trabajo temporales, Yonquenide trabajó para cubrir el alquiler y otros gastos.

“Yo soy del tipo de persona que no se queda en casa durmiendo”, dice él. “A mí me gusta trabajar. Y uno sabe, uno aprende sobre la marcha. Aunque seas nuevo en un trabajo, llega un punto en que lo entiendes”. Hacía entregas y usaba su furgoneta de trabajo para ganar dinero extra como mudancero. Vendía dulces en la calle. Ganaba unos US$ 900 a la semana.

“Tener otro hijo no estaba en los planes”, dice Yonquenide. Pero para mediados de 2025, él y Franyelis esperaban el tercero.

“Siempre es una bendición”, él lo sabe.

Y el embarazo inesperado encajaba con su nueva y sorprendente vida. Alegría y asombro llenan las fotos que la pareja tomó por esa época: fotos de turistas en el Puente de Brooklyn y Times Square, instantáneas junto a un lago en verano, solo unos meses antes de que los niños vieran la nieve por primera vez.

Lo que no se veía eran los vientos políticos que comenzaban a cambiar en este país al que en ese momento llamaban hogar.

* * *

Justo cuando Trump dio su juramento en enero pasado, la aplicación CBP One quedó efectivamente inactiva y las citas programadas a través de ella fueron canceladas como parte de lo que se convertiría en una ofensiva nacional para reforzar el control migratorio. Franyelis y Yonquenide no recibieron órdenes de “autodeportación”, según dicen.

Luego, a principios de septiembre, Estados Unidos inició una campaña de bombardeos contra lo que, según afirmaba el Gobierno, eran lanchas venezolanas de contrabando de drogas en el Caribe. Ese mismo mes llegó el anuncio de la revocación del Estatus de Protección Temporal que había protegido de la deportación a cientos de miles de venezolanos.

Días después, Franyelis y Yonquenide tuvieron una cita rutinaria con Reingold en el tribunal de 26 Federal Plaza, en Manhattan. Para entonces, se multiplicaban los informes de agentes de Inmigración y Control de Aduanas deteniendo solicitantes de asilo cuando salían de audiencias como esa; los funcionarios federales no revelaron cómo los nombres de los inmigrantes llegaban a las listas de los agentes.

Yonquenide sugirió evitar el riesgo y esconderse, uniéndose a los aproximadamente ocho millones de extranjeros que viven ilegalmente en Estados Unidos. Pero Franyelis insistió. “Yo quería vivir una vida cómoda aquí”, recuerda, “y eso significaba hacer lo correcto, legalmente, por nuestros hijos”.

“Vámonos”, dijo ella. “Dios nos protegerá”.

Así que mamá y papá, con sus dos hijos, se presentaron esa mañana a la sala del juez Reingold. Se fueron alrededor de las 9:40 a.m. con una carta que confirmaba su próxima cita: julio de 2029.

Emma dormía en los brazos de Yonquenide cuando ocurrió, justo allí en el pasillo, tal como les habían contado.

Los agentes de ICE se abalanzaron.

“Estaban esperándolo”, recuerda Franyelis.

“No tuvieron compasión”, dice su pareja.

Los agentes obligaron a Emma a salir de los brazos de su padre. El padre Eduardo Fabián Arias, un sacerdote luterano que apoya a las familias hispanohablantes en el tribunal, intervino para ayudarles a entender lo que estaba ocurriendo.

“Mi esposo empezó a llorar, rogando que no lo separaran de sus hijos”, recuerda Franyelis, aún sin saber por qué a ella y a los niños los dejaron libres.

Los agentes llevaron a Yonquenide por el pasillo hasta una escalera de emergencia que conducía a la celda de detención de ICE. Se convirtió en uno de los al menos 14.822 venezolanos arrestados por ICE entre enero y mediados de octubre de 2025, según un análisis del Proyecto de Datos de Deportación, una iniciativa académica que analiza datos federales; es la cuarta nacionalidad más perseguida por la aplicación de leyes migratorias de Trump, y un gran porcentaje de la más reciente ola de migrantes que llegó durante el mandato de su predecesor.

Emma miraba a su alrededor, confundida por los adultos que la rodeaban y demasiado joven, quizás, para comprender la gravedad de la escena. “Cuando vio a su padre llorar, empezó a reírse”, recuerda su mamá.

Pero Yoneifer, que entonces tenía ocho años, lo entendió todo. Lloró inconsolablemente.

Después de un tránsito de 10 días por las instalaciones de ICE, Yonquenide terminó en el Centro Correccional del Municipio Jackson en el norte de Luisiana y pudo llamar a Franyelis, quien para entonces ya se había conectado con una abogada a través de la parroquia de Fabián Arias en Manhattan, la Iglesia de San Pedro.

Empezaron a ayudar a Yonquenide a construir un caso para su próxima audiencia en diciembre.

* * *

Una vez en detención, los casos de quienes buscan asilo se reinician en una vía separada llamada “corte de detenidos”, donde la justicia es tristemente célebre por ser más expedita y dura, y las tasas de aprobación de asilo son mucho más bajas.

Después de la misa dominical en español en octubre pasado en la Iglesia de San Pedro, Franyelis se unió a cientos de inmigrantes y sus familias en la clínica legal gratuita de la iglesia. Realizada debajo del presbiterio, los conectaba con abogados de inmigración, y la iglesia a veces usaba donaciones para cubrir los honorarios legales en los casos más serios.

“Es difícil, pero tengo que seguir. No puedo ponerme triste. Cuando lo estoy, trato de no demostrárselo a ellos”, dijo Franyelis, asintiendo hacia sus hijos mientras jugaban con su teléfono en una esquina del salón.

Poco después de que Franyelis se reuniera con la abogada, Yonquenide la llamó de nuevo desde detención, una llamada rutinaria, como la de un padre ausente por viaje de trabajo, salvo por la voz grabada anunciando el nombre del centro de detención y del detenido y una instrucción para oprimir #1 para aceptar la llamada.

Yonquenide le preguntó a Yoneifer si se había portado bien y qué había comido ese día.

“Nada, no hemos comido hoy”, respondió el niño.

“Comieron empanadas”, lo corrigió Franyelis.

“Tu mamá es dura”, bromeó Yonquenide en la línea. “No les da nada de comer”.

Desde el otro extremo de la mesa, Emma le gritó a su papá que lo quería mucho.

“Yo también te quiero”, respondió Yonquenide, “hasta el cielo”. Hasta el cielo.

La llamada fue breve, parecida —al menos según Franyelis— a todo este episodio: solo una interrupción, un triste tropiezo en su nueva vida estadounidense. Yonquenide sería liberado pronto, pensó, y como la próxima audiencia de ella y los niños no era hasta 2029, tendrían mucho tiempo para seguir construyendo su sueño.

“Solo tenemos que esperar a que lo suelten”, pensó, “porque no podemos regresar a Venezuela”.

* * *

La audiencia de Yonquenide se adelantó un mes, y el juez falló de inmediato: una orden de deportación inmediata. Si Yonquenide quería apelar, tendría que esperar otros ocho meses en detención.

“No se lo deseo a nadie”, le dice a CNN sobre estar detenido. “Es muy feo ahí adentro. La comida no es buena y entre los latinos, la gente se golpea y cosas así”.

“No”, decidió Yonquenide. “¿Ocho meses encerrado? No… Prefiero irme a mi país”.

Al día siguiente, firmó sus papeles de deportación.

Tres semanas después, el teléfono de Franyelis sonó alrededor de la 1 a.m.

“Mi amor, me van a transferir”, le dijo Yonquenide. Entonces, la línea se cortó.

Desde Luisiana, voló a El Paso, Texas, luego a Phoenix. Desde allí, la misma Casa Blanca que durante meses insistió en que Venezuela era un país peligroso gobernado por cárteles de la droga lo mandó en otro de los 76 vuelos de deportación del año pasado de regreso a Sudamérica.

Durante dos días, Franyelis no tuvo noticias de Yonquenide. Luego, finalmente, llamó desde Caracas.

“Mi amor, descendimos de la nube y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba de vuelta en Venezuela”, dijo su pareja, ahora entre al menos 10.072 venezolanos deportados desde enero hasta mediados de octubre de 2025, según el Proyecto de Datos de Deportaciones.

De vuelta en Nueva York, Franyelis empezaba a pensar diferente ahora que Yonquenide estaba a un continente de distancia: “no me puedo quedar, o me siento bien aquí”.

Aunque ella había abrazado su mudanza a Estados Unidos, nunca había sido la fuerza impulsora detrás de la decisión. Y ahora que su pareja –el padre de sus dos pequeños hijos y del hermanito que venía en camino– ya no estaba, el pensamiento se repetía en su mente, llevándola muchas veces a las lágrimas.

¿Le gustaba estar aquí? “Ya no”, dijo, “no desde que lo deportaron”.

* * *

Cuando aterrizó su vuelo de deportación, “nos quitaron las cadenas de las manos y los pies”, recuerda Yonquenide. “Le doy gracias a Dios que ya no estoy encerrado”.

Llegadas similares fueron transmitidas por televisión y redes sociales con exagerada cordialidad por el servicio de inteligencia de Venezuela, el SEBIN, para dar la bienvenida a los deportados –y desacreditar a Estados Unidos– como parte de la “Gran Misión Vuelta a la Patria” del Gobierno.

Un video mostraba a niños y sus madres recibiendo juguetes al salir de un avión. Otro mostraba a hombres vestidos con overoles grises de la detención de ICE sonriendo y agradeciendo al entonces presidente Nicolás Maduro.

Los detenidos sin antecedentes penales recibieron viajes puerta a puerta a sus destinos deseados. A Yonquenide lo dejaron en la casa de sus hermanos en Maracaibo, a más de 690 kilómetros por carretera al este de la capital, pero durmió en casa de la mamá de Franyelis. “Le da miedo estar solo en la noche”, dice ella, sonriendo.

Yonquenide, por supuesto, volvió a trabajar, pero solo ganaba entre US$ 70 y US$ 80 por semana en la construcción. “Aquí no se gana bien”, admite a CNN por teléfono. Y extrañaba a sus hijos. “Ellos son mi inspiración para salir adelante”, dijo.

“Estar solo no es muy bueno. Te vuelves más negativo”, le cuenta Yonquenide a CNN. “Pero, ya sabes, me establecí de nuevo en mi país… Nosotros los venezolanos no somos malas personas”.

Pero justo cuando Yonquenide volvía a encontrar estabilidad en su tierra natal, Venezuela estaba al borde de sus semanas más volátiles y decisivas en al menos tres décadas.

* * *

Durante los meses en que Yonquenide y Franyelis navegaron el sistema migratorio de Estados Unidos, la campaña de bombardeos a barcos por parte de EE.UU. se intensificó, junto con la retórica de Trump contra el Gobierno de Venezuela.

Entonces, el 3 de enero, fuerzas estadounidenses ejecutaron una dramática captura nocturna de Maduro y su esposa en su casa antes de trasladarlos a Estados Unidos, donde se declaró inocente de cargos de conspiración de narco-terrorismo, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y artefactos destructivos, y otros presuntos crímenes.

Las detenciones trastocaron Venezuela, volviendo el clima tenso del país aún más peligroso. Temiendo una ofensiva terrestre estadounidense, las tropas del país cerraron las fronteras y establecieron más puntos de control en la capital. Los funcionarios se dividieron sobre cómo interactuar con Estados Unidos. El SEBIN recibió el poder de detener a cualquiera y reprimir la disidencia política por lo que el Gobierno calificó como asuntos de seguridad nacional.

Yonquenide no quiso hablar del tema, ni siquiera de la hiperinflación mensual de un 20 a 30 % que hacía casi inútil su pequeño ingreso. “Te voy a decir algo: no puedo hablar mucho de eso porque aquí graban las llamadas y todo eso”, dijo. Aunque CNN no tenía indicios de que las autoridades venezolanas estuvieran escuchando, aumentaron los reportes de autoridades revisando los teléfonos de los civiles buscando críticas al Gobierno en medio del estado de emergencia.

Franyelis sabía que la situación política en Venezuela era mala. Sabía de las largas filas de horas en los supermercados y de los apagones eléctricos. Pero acababa de pasar la Navidad y el Año Nuevo sola con sus hijos en el refugio donde se mudaron cuando ya no tenía el ingreso de Yonquenide.

Y ella quería reunirse con su pareja lo antes posible, especialmente a medida que se acercaba la fecha de parto en abril. Seguramente, sería sencillo para ella salir del país que había deportado a su pareja y derrocado al líder de la nación a la que quería regresar.

Pero resulta que no, no lo fue.

* * *

En diciembre, Franyelis comenzó a solicitar mociones de salida voluntaria de Estados Unidos para ella y los niños. Su abogado presentó las solicitudes, lo confirmó a CNN, ante la Oficina Ejecutiva de Revisión de Inmigración del Departamento de Justicia, el nombre formal del sistema de tribunales de inmigración de EE. UU.

Si ella y los niños se iban sin la aprobación de un juez, el tribunal emitiría órdenes de expulsión en ausencia cuando no se presentaran a la siguiente audiencia de asilo. Salir del país sin autorización podría desencadenar una larga prohibición de reingreso a Estados Unidos, algo que ella quería evitar.

A través de la solicitud, Franyelis renunció a su derecho de solicitar asilo en Estados Unidos y le pidió a Reingold que le permitiera “autodeportarse”. La decisión sorprendió incluso a su propio abogado, dado que no tenían que regresar al tribunal de inmigración hasta 2029 y hasta entonces podían trabajar y recibir servicios sociales.

“La mayoría de la gente quiere quedarse”, dice Saverio Lo Monaco, quien ha visto solo tres o cuatro clientes que desearon “autodeportarse” entre los aproximadamente 250 casos de asilo que ha litigado. “La mayoría diría: ‘genial, me quedan otros tres años, para entonces habrá otro Gobierno’”. La mayoría esperaría.

“Pero ella vino y me dijo: ‘deportaron a mi esposo, así que no quiero seguir luchando porque quiero estar con él’”, dijo el abogado.

En 2025, la administración Trump comenzó a ofrecer vuelos gratuitos y US$ 1.000 a los inmigrantes indocumentados para irse voluntariamente de EE.UU., suma que el secretario de Seguridad Nacional aumentó en enero a US$ 2.600, afirmando que “decenas de miles” de inmigrantes se habían “autodeportado” mediante el programa.

Los inmigrantes que quieran irse necesitan un pasaporte válido para viajar en avión, la única opción que Franyelis podía considerar ahora, en su tercer trimestre y con niños pequeños. Pero nunca había tenido uno. Y después de que Estados Unidos y Venezuela rompieran relaciones diplomáticas en 2019, no había forma de conseguir uno dentro de EE.UU.

Los venezolanos que necesitan apoyo consular en EE.UU. normalmente tienen que viajar a un tercer país, como Canadá o México, con otro documento aceptable para obtenerlo; eso fue incluso lo que la Organización Internacional para las Migraciones recomendó.

Franyelis no tenía nada. El Departamento de Seguridad Nacional no respondió a las preguntas de CNN sobre las opciones para los venezolanos sin pasaporte que desean “autodeportarse”.

“Legalmente, es un atolladero”, dice Lo Monaco. “El mejor escenario es que aprueben su solicitud (para “autodeportarse”). Entonces, tendría que salir del país.

“Pero no sé exactamente cómo”.

* * *

Franyelis le daba vueltas y vueltas al problema mientras iba y venía del refugio en Nueva York, casi siempre con Emma. Un viernes por la tarde de enero, ambas salieron hacia la escuela pública de Yoneifer a unas cuadras, donde se detuvieron en las rejas entre una multitud de parkas con capucha que conversaban en inglés y español.

La niña pequeña bailaba alrededor, incapaz de contener su energía. El abrigo de Franyelis apenas le cerraba en el vientre, estirándose en la cintura. “No es tan grande, en realidad”, dijo, acariciándose el vientre. “Mejor así”.

Cuando un empleado de la escuela abrió los portones de hierro, padres y hermanos caminaron sobre el césped azul del patio de juegos, buscando entre los niños agrupados por clase. Franyelis caminó despacio, sonriendo tímidamente a las maestras que reconocía. Emma vio primero a su hermano y luego corrió hacia él, brazos abiertos, para un abrazo de oso a la cintura que Yoneifer —ya un maduro niño de nueve años— devolvió torpemente, con media sonrisa.

Juntos, el trío caminó de regreso hacia la calle, Franyelis llamando a Emma mientras zigzagueaba entre adultos y niños mayores. Ella deseaba que él se quedara cerca de ella, donde pudiera verlo. Así, embarazada, no podía correr tras él.

En la escuela, Yoneifer estaba aprendiendo inglés rápidamente, entendiendo expresiones básicas y respondiendo en español, dice su mamá. No quería regresar a Venezuela, pero extrañaba sus cálidas playas.

“El agua es fría aquí”, dijo.

Yoneifer deseaba que los cuatro pudieran reunirse. Extrañaba a su padre, el extrovertido. “Yo soy más de casa”, dice Franyelis. “Él es el que los sacaba a jugar fútbol al parque o a una cancha”.

Con la temperatura bajo cero, no podía llevarlos al parque, pero la biblioteca pública no estaba lejos, con libros en español y una fila de computadoras con juegos en inglés o español. Era fácil mantener entretenida a Emma con libros, colores y juguetes, pero Yoneifer estaba más triste, a menudo en el teléfono de su mamá o jugando en la computadora.

Incapaz de trabajar en un empleo tradicional y con un niño pequeño que cuidar, el dinero también era una preocupación constante para Franyelis, lo que hacía su regreso a Venezuela aún más urgente. Un fotógrafo que vio la detención de Yonquenide había creado una cuenta de GoFundMe para ella, y los US$ 2.100 que recaudó sirvieron para comprarle a Emma un corte de cabello y a ambos niños zapatillas nuevas de marca genérica, además de ropa y otras necesidades, dice su mamá.

Franyelis también comenzó a cuidar niños tres veces por semana, ganando US$ 50 por turno cuidando a los hijos de una amiga que trabajaba de noche, junto con sus propios hijos, en su casa. Por ahora, Franyelis sabía que podía mantener a sus hijos a salvo. Pero el reloj avanzaba hacia la fecha de parto en abril.

“No puedo dar a luz aquí”, en Estados Unidos, dijo. “¿Quién cuidaría a mis dos hijos mayores cuando esté en el hospital?”

* * *

Con los casos de inmigración acumulándose por millones, Franyelis sabía que tal vez no recibiría una respuesta pronto a su solicitud de salida voluntaria. Para muchos inmigrantes, tener un bebé estadounidense —con derecho constitucional a la ciudadanía— era un sueño hecho realidad. Pero el enfoque de su sueño había cambiado.

“Eso es lo que me molesta”, dijo, tocando su vientre. “Cuando sienta el dolor, tendré que llevarlos a algún lugar para que los cuiden, y con el dolor, va a ser muy complicado”.

Yonquenide entendía por qué su pareja quería irse. “Me gustaría que se quedara allá y les diera un futuro a mis hijos, pero ella quiere estar a mi lado”, dice desde Venezuela. “Creo que necesita ayuda con el embarazo y con los niños”.

“Ella es solo una persona, y no va a poder con todo esto”.

Había al menos otra opción para inmigrantes sin documentos de viaje: viajar por tierra hasta Panamá, luego por barco a Colombia para evitar el peligroso Paso del Darién. Desde enero hasta septiembre pasados, más de 18.000 migrantes, la mayoría de Venezuela, habían tomado esa ruta de regreso, informó ACNUR.

“Lo haría si fuera solo yo”, dice Franyelis, mirando a sus hijos. “Así, embarazada de siete meses, lo haría”.

“Pero así no puedo, no con ellos”.

“Toma mucho tiempo, y ella no tiene suficiente dinero para llegar aquí por tierra”, dice Yonquenide. “Solo con ayuda o con un vuelo de deportación voluntaria puede salir de ahí”.

“El problema es nuevo”, dice su abogado, Lo Monaco. “Es la primera venezolana que encuentro que quiere regresar. ¿Tiene el Gobierno un sistema para eso? El único sistema que tienen es detener a la gente por la fuerza y sacarla de esa manera”.

Así que, al acercarse su fecha de parto, Franyelis permanece en un limbo geopolítico: viviendo con sus hijos pequeños en Estados Unidos mientras anhela volver a Venezuela, donde su familia en crecimiento pueda estar unida.

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Esta historia fue editada por Michelle Krupa.

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